Votos Perpetuos de Jasmith Shiomara

Votos Perpetuos de Jasmith Shiomara

 ¡Hola a todos!

Mi nombre es Jasmith Shiomara Zapata García, misionera colombiana. Quiero compartir con ustedes una gran alegría: el pasado 20 de marzo hice mi profesión de votos perpetuos en la ciudad de Medellín. Es un regalo de Dios que me ha permitido dar este paso después de un camino hermoso sostenida por su mirada misericordiosa y su abrazo providente.

Conocí la comunidad en junio del 2002 en la Universidad de Antioquia, yo tenía 18 años. Desde ese momento inició para mí un camino de discipulado en el que encontré en el Verbum Dei una familia en la fe, un hogar acogedor en el cual la Palabra de Dios me fue releyendo la vida. Poco a poco, en pequeños pasos de fe, fui descubriendo la historia que Dios había ido tejiendo con mi vida desde mi infancia, me cautivó encontrar el tesoro de la Palabra de Dios y prendió en mi corazón el anhelo de encontrarme con Jesús en la oración cada día, recibir el alimento de su Palabra que da sentido a todo: a mi historia, norte a mi camino, luz en cada paso… Feliz de ese descubrimiento, el deseo de contar esta buena noticia fue más fuerte que mi timidez: me dediqué con todas mis fuerzas a darlo a conocer en mis distintos ambientes, en mi familia, a mis amigos, en la universidad, en el trabajo, en la comunidad.

Dios tiene un proyecto de amor con cada uno de sus hijos, nos quiere felices, nos llama al amor, a vivir nuestra identidad de hijos muy amados, y esto se concreta de muchas maneras. Dios nos llama a descubrir nuestro lugar, el que Él soñó para nosotros; yo descubrí que Jesús me llamó a la vida consagrada, me estaba llamando a ser su pertenencia, a ser su hogar. El encuentro con Dios a través de su Palabra me releyó lo que había vivido en mi infancia y no había comprendido, y lo que seguía viviendo cada día: un encuentro con Jesús encarnado en cada rostro, en cada hermano, en cada persona que encontraba en mi camino donde quiera que yo iba; me encontraba con Jesús en cada mirada pidiéndome posada, pidiendo ser acogido, pidiendo hospitalidad. Lo encontré peregrino, necesitado de ser escuchado, de ser tratado con dignidad, pidiendo mi tiempo.

Lo encontré en mi barrio, muy cerquita de mí, en cada niño de la calle abandonado y sin afecto, lo encontré en el dolor de las madres y mujeres que perdieron a sus hijos y a sus esposos, lo encontré muerto en la calle, asesinado violentamente, lo encontré también en los niños y familias felices, en todos los que apostaron por la vida, por los valores del Evangelio, lo encontré en todos los que aman y hacen el bien, en los que luchan por un futuro distinto, por ver hecho realidad el Reino. Encontré a Jesús muerto, pero también Resucitado, sonriente, trayendo esperanza.

En octubre de 2009 hice una experiencia de vida comunitaria con las misioneras en San Cristobal – Venezuela, y en noviembre de 2010 inicié mi Curso de Formación en Granada España y luego en el Perú. En 2013 mis hermanas del Curso de Formación y yo fuimos a Loeches-España a continuar con nuestra formación filosófica y teológica; allí hicimos nuestros primeros votos, y transcurrieron muchos años en los que Dios fue conquistando mi vida y haciéndome cada vez más pertenencia suya. Y ahora, ha comenzado para mí una nueva etapa: Dios me hace el regalo de volver al Perú, es mi nuevo destino misionero, luego de haber hecho mi profesión de votos perpetuos.

Una de las imágenes con las que podemos hablar de lo que es la vida consagrada es la imagen de un templo, de una morada, una casa, un lugar que Dios ama y en el que está feliz de habitar, de ser recibido, de quedarse allí para siempre:

«Mi alegría es estar con los hijos de los hombres».  Prov 8,31

«Pues el Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella: “esta es mi morada para siempre, aquí viviré porque la deseo”». Sal 132,13-14

«El que me ama, guardará mi Palabra. Mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a él y haremos morada en él». Jn 14,23

Qué alegría descubrir que somos hogar de Dios, que él nos habita, que nos llama a acoger su Palabra en nuestro corazón como María y dejar que se haga vida en nosotros, y convertirnos en un lugar donde muchos pueden venir y encontrarse con Dios, como cuando alguien va a un templo: ¡somos una tienda de encuentro!

El encuentro con Dios que nos habla y nos ama en su Palabra, nos hace sensibles a su presencia en cada persona; nos hace descubrir que en cada encuentro con el hermano también me estoy encontrando con Dios que está en él y me pide ser acogido y tratado con delicadeza y amor. La Palabra nos transforma en posaderos que dejan entrar a nuestra casa (vida) a todo el que necesita un lugar, calor de hogar y alimento verdadero: acceso a la Palabra de Dios; que podamos llevar al hermano a descubrir que él también es hogar donde Dios está, que ya tiene la Palabra dentro de él.

«Mi casa será casa de oración para todos los pueblos» Is 56,7

Un abrazo muy fuerte desde Puente Piedra, Perú.

9 de abril de 2021