TU VOCACIÓN ES SER SANTO (Mt 5,1-12a)

TU VOCACIÓN ES SER SANTO (Mt 5,1-12a)

 

Hoy, día de todos los santos, recordamos a tantos hombres y mujeres que escribieron historias llenas de sentido, heroísmo y entrega: Edith Stein, Maximiliano Kolbe, Santa Teresita, Oscar Romero, Santa Rita de Casia, y tantos otros, cuyos nombres no aparecen escritos en los santorales pero que sabemos que dejaron huella y siguen recordándonos que vale la pena apostar por la bondad y el amor. Ellos, desde la meta, nos animan a correr hacia la meta y a no desperdiciar lo más sagrado que tenemos: la vida.

Recuerdo con mucho cariño a Linda, una chica que conocí en Bucaramanga y con la que tuve una bonita amistad; la vi por primera vez en una convivencia vocacional y a partir de ahí siguió frecuentando la comunidad apoyándonos en la misión. Un día en una convivencia, hicimos una dinámica en la que había qué responder a la pregunta: si hoy fuera el último día de tu vida, ¿qué le dirías a los demás? ¿Cuál sería tu testamento? Y ella escribió: “Me gustaría decir TE QUIERO a mi familia, a mis amigos y a todos los que no tuve la valentía de decirles cuán importantes fueron en mi vida”. Unos meses después linda murió debido a un cáncer; lo más hermoso es que, en su agonía, ella pudo expresar todo lo que sentía por nosotros, dejándonos un recuerdo de valentía y entrega.

¡Qué sagrado es nuestro tiempo, y qué sagrada la vida que a diario tenemos en nuestras manos! La santidad es saber aprovecharla e invertirla en lo único importante, antes de que sea demasiado tarde. En estos días escuché una canción que me ha dejado pensando mucho: “Tenemos la mala costumbre de querer a medias, de no mostrar lo que sentimos a los que están cerca, tenemos la mala costumbre de echar en falta lo que amamos y sólo cuando lo perdemos es cuando añoramos. Tenemos la mala costumbre de perder el tiempo, buscando tantas metas falsas, tantos falsos sueños. Tenemos la mala costumbre de no ofrecer lo que en verdad importa y sólo entonces te das cuenta de cuántas cosas hay de sobra” (José Abraham).

A esto nos llama Jesús, a ir a lo esencial. El sermón de la montaña es la llave que abre el cofre de nuestra felicidad, es el guión que debemos seguir si es que queremos escribir una  historia que no acabe con la muerte; así lo decía San Ignacio a Francisco Javier: “¿De qué te sirve ganar el mundo entero si arruinas tu vida? Aquél muchacho intelectual y orgulloso se convirtió en un misionero incansable que bautizó a miles en el Japón y que murió con la ilusión de llegar a China.

Lo cierto es que tú y yo -como Francisco- llevamos la semilla de la santidad, en lo más profundo de nuestro corazón hay una llamada a la que no podemos renunciar así seamos los más indignos de este mundo y es la llamada a ponerle rostro a las bienaventuranzas, a vivir el sermón de la montaña, a dar testimonio de que Dios sigue teniendo fuerza en la vida de todo el que humildemente se deja llevar por él. Llevamos el tesoro, tenemos la perla ¡somos afortunados!

Por: Nubia Celis, Verbum Dei
www.nubiacelisverbumdei.com