¿Un fruto que permanece?

¿Un fruto que permanece?

 

Dentro de nuestro corazón late el anhelo de una vida plena, de una vida que deje huella en el mundo.

 

Un área de conocimiento sólo se reconoce como verdad científica cuando ésta es comprobable en los hechos e cuando nos permita prever las consecuencias. Cuando compruebas los actos y te permite prever consecuencias pasa de ser una verdad simple a una verdad científica. Es así, como se estudian las enfermedades, se determina el hecho que provocan, se comprueban los actos y los efectos. Después con esta información intentas por muchos medios prevenir las consecuencias que ésta puede tener.

Jesús nos dice en su Palabra: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca ”  (Jn 15,16). Y nos recuerda el Papa Francisco: “nos hace falta una certeza interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque «llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2 Co 4,7). Esta certeza es lo que se llama «sentido de misterio».

Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cf. Jn 15,5). Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida. A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere…

Hoy por hoy, he podido constatar como la vida de Jaime Bonet continua a dar vida, continua a ser y es fuerza de vida que da vueltas por el mundo.

En este verano en Lisboa, Portugal estuvimos en un encuentro de 5 días, que llamamos Campo de Trabajo, con 70 jóvenes e 15 animadores; encuentro que llevo por lema y por vivencia las palabras que Jaime Bonet dirigió a Jesús en su conversión a los 14 años: “Si existes, hazme feliz”. La experiencia de descubrir la felicidad auténtica en Cristo fue para muchos de ellos una novedad y para otros una renovación auténtica. Estuvimos esos cinco días, trabajando, dialogando, rezando, celebrando, disfrutando, compartiendo sobre la felicidad, sobre el sí que nuestra vida había recibido y continúa a recibir. Fueron días verdaderamente de renovación, de experimentar como la Palabra de Dios continua a dar frutos dentro de cada uno de nosotros, como continua a ser portadora de Buenas Noticias y como es capaz de transformar y renovar nuestras mente, corazón y fuerzas.

Realizamos una vigilia de oración, durante esta vigilia se nos invitó a dar un “like” a Jesús, es decir, a dar nuestro sí. Escribimos en un post it nuestro “like” y fuimos convidados a pasar al frente a la cruz a colocarlo. Había un post-it que decía: “Haz me feliz, no me dejes desistir. Ábreme al mundo. Te quiero”. No sólo fue un sí, fue una petición, una renovación de amistad, de cariño y de deseo de abrir el corazón al mundo. Era impresionante escuchar, como esos 70 jóvenes, cantaban con grande alegría: “Señor si existes hazme feliz”.  Y como esas palabras eran eco de un deseo de amar a Dios y al mundo.

Ya pasaron 2 meses de la partida de Jaime a la casa del “Padre”, después haber pasado por un enfermedad que lo mantuvo en “silencio” (no sé si realmente Jaime dejó de hablar, pues su vida era y es un grito de esperanza), pero no dejo de ser misionero, no dejo de dar fruto. Y esta es una verdad que podemos hoy ver, verificar y disfrutar. Su “Sí” a los 14 años continua a ser esa fuerza de vida que circula por el mundo y que podemos ver que da fruto.

Sin duda alguna, podemos ver como una vida que da un “Sí ” al Señor no queda defrauda, no queda estéril, no queda apagada. La vida de Jaime es una clara muestra de que la Palabra de Dios es “viva e eficaz”, e que Dios cumple sus promesas siempre. Nadie añora lo que no conoce, sin duda alguna cuando nuestro corazón tiene anhelo de dejar huella en el mundo, de dejar una marca que nada ni nadie apague es porque es real. Un fruto que permanece es la promesa de nuestro de Dios, es la realidad que hay en nuestro corazón en nuestra vida cuando nos confiamos a Él, cuando realizamos su voluntad, cuando nos atrevemos a amar como Él nos ama. Como Jaime nosotros estamos llamados hoy a dar fruto y fruto que permanezca. La pregunta que al final nos queda es: ¿Quieres dar un fruto que permanezca?