Oración

Oración

De este diálogo personal, sencillo, tierno, comprometido, fraterno, filial, esponsalicio, definitivo y eterno, brotan las iniciativas y creatividad espontánea y fecunda, propias de los discípulos y misioneros de Jesús.

La verdadera oración o encuentro sincero con Cristo, no debe ser silenciado, más bien reclama el ser proclamado a todos los hermanos. El mismo Jesús nos pide que “cuanto nos ha confiado al oído, lo pregonemos desde los terrados y azoteas; que no escondamos la luz que nos proyecta, sino que la pongamos en alto para que ilumine a todos” (cf. Mateo 5,16).

Nuestra vida, centrada en la persona, vida y Evangelio de Cristo, irá adquiriendo necesariamente la espiritualidad fundamental de Jesús en su actitud orante que hace del Hombre-Dios un adorador del Padre y, desde el Padre, una donación y entrega en favor de toda la humanidad.

«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna». (Juan 6.68)

No emana de nosotros mismos la Vida que estamos llamados a dar a muchos; el dinamismo de la Palabra de Dios orienta nuestra forma de vivir y de realizar la misión: orar la palabra, asimilarla, vivirla y crear comunión en torno a ella. Anunciar el Evangelio, celebrar en los sacramentos la Vida que genera la Palabra y enseñar a otros a hacer lo mismo, para que participen también, activamente, en la misión evangelizadora de la Iglesia.

La Palabra, portadora de la misma Vida – Amor de Dios, nos lleva a escuchar la voluntad del Padre, que quiere «que todos los que vean al Hijo y crean en Él, tengan Vida Eterna» (cf. Juan 6, 40).